Sin raíces no hay alas.

La familia es el lugar en el que nacemos y crecemos. Representa el primer lugar al que pertenecemos; nuestras raíces. En la familia aprendemos lo que es el amor, las relaciones, lo que se espera de mi para ser amada/o y pertenecer, la forma de resolver los conflictos, los valores, la forma de comunicar… En definitiva, en la familia aprendemos por primera vez cuál es nuestro lugar en el mundo. Para bien o para mal, nos dota de nuestra primera identidad.

Todo conflicto no resuelto a este nivel afecta profundamente nuestra capacidad para sentirnos plenas/os y caminar libremente hacia nuestro destino. Esto es, la libertad para desplegar las alas y volar.

La Terapia Familiar es un espacio para revisar las relaciones familiares que tanto dolor nos generan y que influyen en la manera en que nos situamos en la vida, ya sea en la relación con nuestros progenitores o personas de referencia, nuestras hermanas y hermanos, o en la forma en que nuestra relación con la familia de origen impacta en nuestra relación de pareja y en la crianza de nuestras hijas e hijos.

No hay una edad o un momento concreto para la Terapia Familiar. Puede ser un espacio sanador para familias con hijas e hijos pequeños o adolescentes, que buscan entenderles mejor y cambiar la forma de relacionarse que inunda el día a día de conflictos. También es un espacio adecuado para hermanas y hermanos adultos que quieren sanar viejos conflictos o abordar la muerte de sus madres o padres y el vacío que esto genera, así como la dificultad para gestionar los cuidados o las herencias. Incluso es un espacio propicio para acompañar a uno de los miembros que con su forma dañina de vivir mantiene en jaque a toda la familia.

En cualquier caso, la Terapia Familiar permite ampliar la mirada, entender que a menudo, aquel miembro que es considerado el problema, tan sólo es el portador del síntoma y que de esta forma pone en evidencia que algo no funciona bien en la familia. Se trata de revisar la jerarquía y ordenar a los miembros de la familia para que cada cual ocupe su lugar y no otro que no le corresponde; asegurar la pertenencia así como el derecho de cada una/o a ser diferente y; compensar la balanza entre el dar y recibir.

El papel de la terapeuta es favorecer nuevas formas de comunicación que permitan que todos los miembros puedan ser escuchados, poner luz en los secretos familiares y en todo aquello que no ha sido dicho pero ejerce una influencia en el sistema, ayudar a entender la función de las dinámicas disfuncionales y acompañar en la construcción de una nueva forma de funcionar que permita el encuentro emocional para que pueda fluir de nuevo el amor.

“Con amor, solo con amor, no basta.Tiene que estar en orden”- Bert Hellinger -